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Ciclos de Vida
Brith Milá (circuncisión) Anillos
Simjat Bat Leyes del Duelo - Kever Israel
Bar Mitzvá Cementerio Judío
Bat Mitzvá Kadish
Casamiento, Jatuna, Jupa ve Kidushim Mortajas
Tnoim, Erusin, Compromiso Guet Guitin - Divorcio
Ketubá  
 
CASAMIENTO, JATUNÁ, JUPÁ VE KIDUSHIM
 

En todas las civilizaciones y culturas existe el casamiento, ese vínculo único que da origen a la familia y asegura la continuidad de la especie humana. Podemos encontrar su origen ya en tiempos bíblicos, como está escrito en Génesis capítulo II versículo 18 ("... no es bueno que el hombre esté solo..."). En el judaísmo, el casamiento, ese vinculo único entre un hombre y una mujer, es la "jatuná". Según podemos observar, en tiempos bíblicos la poligamia estaba aceptada y permitida. El patriarca Iaacob, por ejemplo, tenía dos esposas. También testimonios bíblicos posteriores nos hablan de una vida familiar signada por la poligamia. Grandes figuras como los reyes de Israel, el Rey David por ejemplo, tuvieron varias mujeres según los relatos de los libros de Samuel I y II y Reyes I, pero desde la Edad Media es abolida esta franquicia y se establece la monogamia en el judaísmo. Cada hombre puede tener sólo una esposa, aunque tanto el hombre como la mujer pueden contraer matrimonio varias veces según sean separados o viudos. En el judaísmo existe y existió siempre el divorcio (guet). Se acostumbra que el novio rompa una copa de vino para concluir la ceremonia. Dicha costumbre tiene su origen en el Talmud, y se hizo más difundida hace aproximadamente 800 años. El sentido es recordar la destrucción de Jerusalén y del Templo, y que aún existe mucha tristeza en este mundo. Por otra parte, en el gran casamiento de Dios e Israel se rompieron las primeras tablas. La ruptura de la copa conmemora esta primera tragedia. La gente se casa y se reproduce básicamente porque el hombre es mortal. Hay que reproducir la especie. Y ya que nuestra mortalidad es la razón primera del casamiento, la recordamos al final de la ceremonia, con la ruptura de la copa. El Midrash enseña que el hombre es como el vidrio: si el vidrio se rompe, se lo puede volver a fundir y a soplar. Incluso cuando un hombre muere, su vida no ha cesado. Creemos en la inmortalidad del alma.